sábado, 8 de julio de 2017

Qué profunda distancia


Hace tiempo que no traigo música (o cualquier otra cosa, por lo demás) por estos pagos. Hoy ha venido a verme esta canción cientovolandera, una de las primeras que hice, y ha pedido nuevo arreglo. El resultado reúne muchas cosas que me son queridas: en particular, la melodía de flauta del arranque, tan juguetona ella, que es danielera, y la melodía central de la cuerda y la flauta, que es alfonsí (lo mismo que la idea de hacer canciones en modos medievales, en este caso en eólico —aunque hay un momento pop, muy sesentero, en que el acorde de cuarta torna menor).

El ritmo, en cambio, es de estos años. He intentado reflejar en el acompañamiento el juego de la clave de 2 + 3, pero no sé si se apreciará :)

Hela.

jueves, 29 de junio de 2017

Scherzo finale (Aker)

Buscando poemas en tercetos irregulares (o que resulten tales si se les considera desde la regla errada),  doy con este poema del maestro Aker, incluido en el libro manuscrito inédito al que alguna vez se refirió como Escrito para los perros:



sábado, 29 de abril de 2017

Cuando un desconocido te regala flores, eso es...



¿Impulso? ¿Acoso? ¿El inicio de una hermosa amistad? Todo es posible. 

El cuelgue por alguien a quien te encuentras en un espacio público, y que te atrae de manera exagerada, incomprensible (no lo conoces, no tienes ni idea de si sois compatibles; pero tampoco se trata solo de una atracción sexual: se fantasea más bien con la posibilidad de un gran amor) es uno de los grandes temas de la literatura —sin duda porque también es una experiencia frecuente, común y extraordinaria al mismo tiempo. 

Como es una situación de partida tan abierta, caben todas las posibilidades y ramificaciones. Empecemos por la más chunga: el enamorado enamoradizo (lo hago masculino, aunque no es imprescindible; de vez en cuando, denle la vuelta a los sexos en lo que sigue y verán que no se vuelve absurdo) puede acabar siendo un psicópata que rapta a su presunta media naranja y la guarda en un cobertizo para que, llegando a conocerle, ella también se enamore de él. 

Sin embargo, puede que suceda algo bien distinto: que ni él se atreva a dirigirle la palabra, ni ella se dé cuenta de su atención, y sin embargo él viva lo que le resta de existencia convencido de que aquel encuentro cambió su vida. 

André Breton, al que le iban mucho estas cosas, decía que la característica de estos encuentros es que en ellos se anula la antinomia entre destino y azar: si fueron azarosos, resultaron sin embargo decisivos, tan significativos como el punto en que un escritor hace girar a su personaje; y si fueron obra del destino, tenían sin embargo la ingravidez encantadora de lo imprevisto.

Luna Miguel recuerda en un artículo un poema de Baudelaire, A una transeúnte, que nos ofrece una de las variantes posibles de esta situación: el poeta queda deslumbrado por una bella desconocida, siente que podría haber llegado a ser su gran amor —y siente que ella se ha dado cuenta de que él siente eso. Pero ella desaparece entre la multitud, y solo queda el amor de él, privado ya de referente real, y el poema que lo salva del olvido. 

Creo que puede estar bien recordar otros ejemplos: Petrarca enamorándose para siempre de Laura tras verla fugazmente; Vinicius de Moraes escribiendo A Garota de Ipanema a esa bella desconocida que se dirige sonriente a la playa y que no se da cuenta de la admiración que provoca en el poeta (ni él, en ese momento, se la hace saber).  

Fonollosa, ese enorme poeta descubierto a última hora, le dedicó también una vuelta de tuerca al tema, que cantó así de bien Albert Pla:

Pobre muchacha hermosa apresurada
que deprisa vienes hacia mí al cruzar la calle
y te pasas por mi lado sin saber que yo,
que yo soy la razón de tu existencia.
Tú ni siquiera me ves, yo te sonrío
y admiro tus cabellos y tus piernas y tu culo;
tú estás tan buena, yo te haría tan dichosa
pero tú, tú te lo pierdes con tu prisa.
Tú estás tan buena, yo te haría tan dichosa
pero tú, tú te lo pierdes con tu prisa.
Pobre muchacha hermosa apresurada,
pobre muchacha hermosa apresurada.



Pero probablemente su manifestación más ingenua y explosiva sea esta canción de McCartney, que está entre sus mejores:

Acabo de ver una cara, no logro olvidar
el tiempo y el lugar donde acabamos de encontramos,
ella es la chica perfecta para mí
y quiero que todo el mundo vea que nos hemos encontrado. 


Aunque tampoco está nada mal (y con ella cerramos) la versión de la historia desde el punto de vista femenino que nos ofrecen Shelly y la Nueva Generación: girl gets met, podríamos decir:


Estaba paseando, estaba sola. 
Con el vestido nuevo que llevo ahora. 
Mas nadie me miraba y estaba triste,
la niña más feúcha ellos hacían sentirme. 

Andaba por la calle sin rumbo fijo. 
De pronto, entre la gente surgió aquel chico. 
Dijo que estaba linda con mi vestido, 
vestido azul, del color que tiene el mar;
vestido azul, en un día primaveral. 

Hablamos mucho tiempo 
de nuestras cosas; 
pasaron enseguida 
algunas horas 
Pronto llegó el momento 
de despedirnos 
y solo con mirarlo 
supe que era mío 

miércoles, 26 de abril de 2017

Paso a paso, la vida (Antonio del Camino)





Ayer martes tuve el placer de presentar junto al autor en la Fundación Concha el nuevo libro de Antonio del Camino, Paso a paso, la vida. Esto es más o menos lo que acerté a decir sobre este libro, una obra tan contenida como intensa, cuya lectura recomiendo encarecidamente. Mil gracias a Carmen, la esposa de Antonio, por la fotografía.  


Paso a paso, la vida

Tenemos la suerte, querido público, de encontrarnos aquí esta tarde, en compañía del talabricense Antonio del Camino, que presenta hoy entre nosotros su duodécimo libro de poemas, Paso a paso la vida. (El número alcanzado supone un aliciente especial para su siguiente trabajo, que sin duda andará ya cocinando.) Y es que, en verdad, como cantan Pata Negra, pasa la vida. De ahí la importancia de encontrar algo digno que hacer con ella. De eso se trata esta tarde: de hacer tan grata y provechosa como sea posible nuestra estancia en este lugar; y de eso, de mantener el equilibrio en el traqueteo incesante que es la vida, trata también el libro que viene a nuestro encuentro.  

Se trata, en efecto, un libro íntimamente ligado a la experiencia de la vida, del paso del tiempo. No es, sin embargo, un libro biográfico al uso: aunque no faltan en él evocaciones de la infancia, estamos ante un libro escrito desde y para el presente. (De hecho, si aparece la infancia es sobre todo en calidad de recuerdo, de pasado que se hace presente, de forma a veces inquietante.) Quizá cabría (Antonio nos lo dirá) entenderlo como un diario no de lo que al poeta le pasa, sino de los sucesivos estados de ánimo que esos aconteceres provocan en él, y del balance de lo vivido que cabe hacer desde cada una de sus situaciones. No me refiero a nada divagatorio ni abstruso, sino a realidades tan cercanas como tremendas: por ejemplo, lo que sucede cuando llega, una vez más, tu cumpleaños, sin chuches ni vainilla; o cuando uno se sienta a celebrar en familia las fiestas y es inevitable observar que de la última vez a esta se han producido tres bajas. 
Dado que el libro no contiene una biografía al uso, quizá sea obligación de quien les habla ofrecerles una, que será necesariamente breve, aunque para ello tenga que resumir con cierta violencia una vida rica en sucesos y, sobre todo, en obras. Como sin duda son Vds. buenos observadores, saben ya lo esencial: Antonio es un autor de largo recorrido, reincidente e inasequible a la fatiga (este, hemos dicho, es su duodécimo poemario; ha publicado también libros de otros géneros; y practica también la escritura en la Red, en su blog Verbo y penumbra). Podemos precisar un poco la longitud de ese recorrido: nace en Talavera de la Reina en 1955, comienza a escribir en la adolescencia y publica sus primeros textos en la década de los 70, en la fértil veintena. Son de entonces sus libros Segunda soledad  (Premio Rafael Morales de 1979) y Donde el amor se llama soledad (1981). Este primer período culmina con la publicación a sus 30 de Del verbo y la penumbra (1985), un título memorable que mereció un accésit del Premio Adonais y que, como hemos visto, tiene un feliz eco en el nombre del blog que mantiene actualmente.

Le sigue a este período de actividad pública otro de relativa calma o oscuridad, en el que sigue escribiendo con la misma autoexigencia, pero opta por la autoedición, primorosamente artesanal. A comienzos de milenio, participa con su alter ego Miguel Ardiles en una curiosa aventura digital, la página web argentina poesia.com, en cuyos foros monográficos de sonetos y décimas vinimos a coincidir los dos por primera vez, junto a otros amigos, como Alfredo J. Ramos o Luisa Arellano. Se trata, sin duda, de un accidente; pero de un accidente feliz que obedece a un interés común por las formas métricas citadas, un interés que en su momento bien cabría definir como underground o soterrado, pues se producía en un panorama que, en la medida en que la propia página poesia.com lo reflejaba fielmente, estaba dominado por formas de expresión presuntamente más libres o modernas. (Sobre esto, si les parece, volveremos en un momento.)

Tras años de intenso trabajo en la Banca, llega su jubilación y, libre de compromisos laborales, Antonio vuelve a circuitos más amplios de difusión de su obra (es decir, a la ‘heteroedición’, si me permiten el palabro) con la publicación en LF Ediciones de Para saber de mí, un libro espléndido a cuya presentación en esta misma Fundación Concha tuvimos el placer de asistir en 2015. Le sigue el libro que nos convoca hoy, Paso a paso la vida, un libro que acaba de aparecer el mes pasado, pero del que ya podemos encontrar reseñas elogiosas en la prensa escrita y en la Red. Elías Moro nos ofrece una estupenda desde la propia solapa del libro: escribe allí que 

En un libro honesto (escrito «con la sobria belleza del olivo» y la hermosa «aspiración al silencio») de tristeza y gozo, de afanes y deseos, de cotidianeidad y memoria, el poeta desgrana el paso de sus días como trasunto también de los nuestros . De su lectura, nos asegura Elías Moro, y corroboro yo, saldrá el lector aparte de incólume, más sabio y limpio.

Hace un par de semanas, el 13 de abril, aparece en el blog Fuente de papel, de José Luis Morante, una reseña también elogiosa. Entre otras cosas de interés, Morante adscribe el libro a la tradición de la poesía meditativa y señala su distanciamiento radical de la poesía hermética, confusa e ininteligible que todavía algunos siguen considerando avanzada o moderna. Es una reseña perspicaz y muy bien escrita, que nos recuerda que la crítica de libros, en buenas manos, es en sí misma un género literario de primer orden.
Hace tan solo tres días, el 22 de abril, se publica en ABC (un diario cuyas páginas culturales gozan de merecida fama; quizá no tanto algunas otras) una reseña de Alfonso G. Calero, Tres hondos poetas de hoy, en la que escribe sobre el libro que nos ocupa que se trata de 

un libro hondo, sencillo, natural, que destila una filosofía cotidiana sin más artificios que los propios de la vida: el tiempo, el dolor, los pequeños placeres... y nos propone una serie de reflexiones sobre ello en un lenguaje claro, que discurre como el agua de un río. (...) Un libro lleno de sabiduría y auténtica poesía humana.

A poco que los comentaristas citados hayan estado acertados, ya ven Vds. que Antonio es un autor que exige poco o ningún intermediario en su comunicación con el lector. Dado que no es preciso explicar a quien se explica estupendamente solo, si algún papel nos toca a los que lo presentamos es lanzarnos a formular a calzón quitado los elogios que él, pudoroso y modesto  por naturaleza y por posición, no puede ni debe verter. 
Hay algo, sin embargo, que sí siento necesario hacer y es contribuir a deshacer dos malentendidos que no sé hasta qué punto se dan o no, pero que resulta en cualquier caso placentero combatir.

El primero tiene que ver con la libertad creativa del poeta. La formulación del verso libre vino, por oposición, a configurar el fantasma de un verso siervo u obediente a convencionalismos más o menos burgueses o antañones. Don Antonio Machado vino ya a resolver esta impostura cuando escribió aquello de:

Verso libre, verso libre...
Líbrate, mejor, del verso
cuando te esclavice.

La poesía de nuestro Antonio es un ejemplo señero de lo que yo entiendo que es la obra de un autor libre, en el sentido métrico: es decir, de alguien que tiene libertad para elegir entre los diversos registros y formas porque se ha familiarizado debidamente con todos ellos: es igualmente hábil con el soneto (clásico o isabelino), la décima, el romance o el haiku que con el verso blanco, sin rima (pero no menos rítmico por ello) o la prosa poética. 

Dado que se ha hablado mucho de la claridad de sus versos, quiero también deshacer el posible equívoco de que lo que encontramos en este libro tenga algo que ver con la línea clara, lúdica y culturalista a su manera, defendida en los últimos decenios por Luis Alberto de Cuenca. La claridad a la que nos referimos nos remite, me parece, a otra tradición, a otras fuentes, más sobrias y hondas: si en el fondo de la misma podemos distinguir a Fray Luis, ese excelente poeta meditativo, más cerca de nosotros y de Antonio tenemos a su tocayo Machado y a Pedro Salinas, cuya fidelidad a la propia voz resuena a menudo en los versos de este libro; e incluso a Blas de Otero, aquel poeta que, como Antonio, un día bajó a la calle y comprendió. (Antonio, puntualicemos, no baja a la calle: sale a la misma; pues, como ha ido quedando claro, no vive en las alturas, en una torre ebúrnea —sino a pie de calle.)

La poesía de nuestro autor es meditativa, sí, pero también civil, agnóstica y estoica: si algo queda claro en ella es que el poeta no acepta ninguna golosina del Otro Mundo y se atiene con limpieza a lo que vemos, a lo que hay: el paso del tiempo y la oportunidad de salvar a través del verso algunas de las experiencias y sensaciones vividas (Cuanto escribo me salva ante mí mismo Tempus fugit; y lo que escribe es siempre un testimonio veraz de lo que vive: Un verso que actúa de testigo Ese testigo). A esta exigente transparencia le acompaña una gran felicidad verbal, que le lleva a formular estas verdades eternas de forma memorable. Por ejemplo, cuando escribe (en Anunciada derrota) que

En la larga batalla que la vida propone
solo hay un vencedor, y ese es el tiempo.

Por último, me parece también significativo que un repaso a su blog nos deje ver que los autores a los que ha dedicado más espacio son sus propios contemporáneos, autores vivos y presentes como Francisco Castaño, Pedro Tenorio, Alfredo J. Ramos e Hilario Barrero. Siento que a Antonio le hace feliz formar parte de esa hermandad de poetas vivos, que no muertos, y estoy seguro de que esa hermandad está abierta para incluir también a cualquier lector que acepte el envite que hoy nos plantea con este libro lúcido, abierto y sereno.

miércoles, 8 de marzo de 2017

Hasta luego, Isabel Escudero



Ahora que todo el mundo saquea el artículo de Wikipedia sobre Isabel para sus necrológicas, no puedo evitar sonreír cuando llego a la parte que dice 'en colaboración con García Calvo intervino en numerosos foros'. La sonrisa es porque yo escribí esa frase —que en su redacción original, luego atemperada, decía: 'En colaboración, no siempre apacible, con Agustín García Calvo'. Y en ese 'no siempre apacible' se resumía también mucha verdad de aquel amor de tantos años, dialéctico y guerrero, indomable y cabezón. Pienso que es esa guerra la que la muerte no podrá dar nunca por concluida a ciencia cierta. Que las cosas de ambos, y las de entrambos, seguirán dándonos guerra, levantándonos de la cama para coger la guitarra, tirándonos de la lengua, haciéndonos llorar y meditar y descreer como solo ellos sabían. Que nunca nos deje, amigos, su compañía siempre cordial —pero casi nunca apacible.

domingo, 5 de febrero de 2017

Materiales para la Bestia (perfil A)


Para Ana Vera

Esta cerveza bruja
por cuyos ojos pasan veloces sostenidos,
pelícanos de fondos egresados
desde el hondo bocanal del plenilunio
grandes grandes son los hechos de san Juan y san Fermín
gres un poco de gres
la casa se hunde entre nubes de incienso basáltico
y soy esa propiedad vagamente intransitiva de los mares
cuando perfuman de ignorancia su malvada arqueología

férreas como truenos de un material doméstico
las densas alteridades de un señor en caras vivas
que persigue su propia valencia sobre el cielo incandescido

blanco será mi nombre cuando tú llegues a pronunciarlo:
lejos de mí estaremos cuando me beses con tus acequias
de nieve donde la e no arrastraría sus vanos prejuicios
sin aprehender en sus ijares un breve esputo de terciopelo

tendrás todos los nombres que necesites para llamarme
cuando las costras de los heridos hagan un árbol entre tus brazos
y un hombre de fin del muro diga verdades como alhelíes
o vértigos de Dante mientras divisa zonas de Laura

quién digo quién es autómata
si las flores arteras reposan su polen
sobre el costado límpido de un fresco atardecer
en que las cosas son casi de queso

helados bajo costosas expediciones a la cocina
alados miserables volvemos
hasta la voz de infinita luz que nos deja probar el tiempo
que atesora diamantes planos y asimetrías
como un delicioso sirope de manos introvertidas

probad probad tendré las energías suficientes
para sudarme un hueco entre las olas del verano
que llega buceando como un festín de cobre
como un mármol muy dado a la bebida de anagramas
o un sátrapa del Santo Corazón de la Gangrena

hemos ganado y hemos perdido pero no te hagas ilusiones
tú no jugabas
tus túmulos festivos daban gracia a los nenúfares
del cielo consternados por plegarias hidroeléctricas

uno más uno es el grave
y yo soy su perdido sobrino
comida para el búfalo de sangre imperdonable
amigo de los músculos que sueñan en la piel

nunca jamás me tendrás en tu lista
de aceleradas partículas, verbos a partir de boca
y cocacolas que dejan sentir un chispazo cetrino

airadas eléctricas lindas reservas
como si un banco de hielo portátil abriera los ojos
hasta tocar el sabor espectral de tus blancos peligros
entre penínsulas hechas de pluma de ferrocarril

tilos y amigos que sirven su voz en pequeñas palabras
como la vida qué suerte eso es guay nos veremos muy pronto
pero qué ojos nos van a servir eso ya no se sabe.

la incertidumbre esa amiga propensa a quedar en un verso
sin que uno sepa si habrá de venirle ocasión de encontrarlo
sin torcer algún rincón equivocado
que nos lleva de vuelta a Santa Siempre

es difícil perderse: llegar es lo fácil
hasta el tazón de terrible obviedad que ilumina las clases
donde explicita su argucia veloz el arcángel taimado

"Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates Sócrates"
un silogismo de tenso cristal en los verbos barbados
que hacen del ocio sintáctico un modo fugaz de morirse
sin esperar a que llegue la cita en materia indeleble

Hemos grabado una letra en los pliegues del miedo:
cuando miramos su eclipse sentimos a veces
el fraternal revolverse de un gato en fondo del circo
donde se juega con pocas palabras y zarzas contadas

mazas más hace una taza de té que un gobierno en Bruselas,
más un mojón de hachís que la Biblia en versión ilustrada
por el pequeño regato de añil que acompaña a los muertos
cuando atraviesan la lápida gres del pequeño terrado
para venir a dormir en las venas repletas de sueño
de los que bajan guiñando un doblón en sus ojos abiertos

mucho habría que morir para poder tocar el tiempo
ese niño de cristales que hacen noche como el plomo
en cañerías donde cada luz es un destello

almenas san Juan en vestido de noche fumándose un verso
de la versión del Cantar de Cantares del sabio fray Luis
mientras espera le hiera el señor de los tiempos perfectos

en torno al mar el filtro de las horas no conoce
maneras compatibles con lo próspero del censo
cuando atraviesa páginas de fresca yema abierta.